Correr Descalzos

Atrévete: conoce todas las experiencias de los que han decidido mejorar su técnica

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Por bipedo
#35268
Cuando inicié la llamada "transición" sabía lo que dejaba atrás, pero no podía anticipar el destino de este viaje. No sabía que acabaría por convertirme en un hombre pájaro.

Al cabo de dos años corriendo exclusivamente con huaraches me encontraba completamente adaptado y confiado, y me dedicaba a disfrutar los kms despreocupado de técnicas, teorías y prácticas. Pero la vida siempre se reserva el derecho a la sorpresa y en esto no iba a ser menos. Llegó el verano y fui de vacaciones a las Canarias. Allí el terreno y el paisaje invitan a descubrir rutas y a hacer distancia. Un día estuve en una zona cerca de la costa, subiendo cráteres volcánicos, bajando al mar, volviendo a subir, disfrutando como un niño en un parque cercado únicamente por el mar. Ya de vuelta, recorrí una playa de guijarros de unos 4 km y me hice daño en las plantas de los pies. Más de lo que parecía en un principio, porque acabé con una inflamación de metatarso, que aunque no me impidió seguir corriendo, tardó varios meses en curar por completo. Quedé dolido también, más si cabe, porque había encontrado un terreno vedado, una barrera inesperada que acotaba mis movimientos. Durante los siguientes meses, ya de vuelta de vacaciones, me acordé muchas veces de esa playa mientras corría. Y así ideé unas huaraches más gruesas y más duras, pegando dos planchas de vibram, experimenté y afiné los detalles. Hice unos centenares de kilómetros con ellas para adaptarme bien y las reservé hasta el verano siguiente, para volver al mismo sitio.

Cuando llegué de nuevo a las islas me di unos días de margen para "aclimatar", evitando esa playa. Hasta que un día desperté de madrugada con la imagen de los guijarros en la cabeza. Cargué la mochila con agua y algo de comida, y salí con la fresca. Aun de noche llegué a la base de un pequeño cráter y lo subí ligero. Bajé y seguí ruta con muy buenas sensaciones, y seguí y seguí, hasta llegar a la playa de los guijarros. Me adentré despacio, atento a los apoyos y con mucho respeto. Las huaraches respondían a la perfección y poco a poco fui cogiendo ritmo y confianza. Salí ileso y contento. Después de un año había traspasado la barrera. Seguí trotando con los pies intactos y las piernas ligeras. A la vuelta ya llevaba buena carga de kms y cansancio, pero estaba eufórico y cuando llegué de nuevo a la base de la montañita volví a tirar arriba. Bordeé el cráter disfrutando las vistas, del viento, de la sensación de libertad, del privilegio y el placer de trotar en un paraje como ese. Después tiré hacia abajo por el primer sitio que se me ocurrió. Cuando llevaba unos 60 ó 70 metros de descenso, vi abajo a lo lejos un todo terreno de los forestales. Fijándome bien vi al conductor que sacaba la cabeza por la ventanilla y miraba en mi dirección. De golpe fui consciente de que iba fuera de sendero, cuando abajo hay un cartel que dice expresamente que no lo hagas porque es una zona protegida. Procuro respetar estas cosas, pero me despisté y metí la pata. Instintivamente di media vuelta y volví a subir para recuperar el sendero. Ascendí con dificultad porque el terreno se deshacía bajo los pies y el avance se hacía torpe. Cuando llegué al borde del cráter me dio un flash y pensé que no tenía ninguna gana de dar explicaciones a los forestales o que me regañasen (o incluso multasen). Ya fuera de su vista bordeé de nuevo el cráter.

No sabría explicar por qué reaccioné así, pero me encontré de pronto en plena huida. Por fortuna conocía esa zona y en mi mente empezaron a dibujarse curvas de persecución entre los predadores y yo mismo, que ese día era presa. Escogí una ruta ilógica para despistarlos, bajando justo por la diagonal opuesta al sendero y empecé a descender frenéticamente por una ladera muy empinada. La montaña está bordeada por pistas forestales en la base, pero rodearla con el todo terreno les iba a llevar un rato. Si de verdad iban a por mi y eran rápidos y un poco hábiles, estaba acorralado. Para salir de ahí tenía que renunciar a mi única ventaja: la altura. Volver a subir por ese ladera sería penosamente lento y agotador, no era opción. Pero si mi treta funcionaba, tirarían justo en la dirección que más me convenía y eso me daría un margen de tiempo suficiente para atravesar la pista y luego alejarme de los senderos. Así que me dejé caer por esa ladera a velocidad de vértigo, esquivando rocas, encontrando instintivamente los puntos de apoyo y dejándome hacer. Y de pronto sentí que flotaba, que ya no tocaba el suelo. Descendía como un hombre pájaro acariciando las aristas de los bloques de basalto, fundido con la montaña en una danza de movimientos rápidos y precisos, sin esfuerzo, sin pensamiento... Atravesé la pista sin noticias de los forestales y seguí en línea recta hacia una extensión de dunas de escoria volcánica. Sin detenerme recalculé la ruta para no desviarme en el mar de dunas: el sol a las 10, la costa a unos 4 ó 5 kms. Ese terreno es un sube-baja en el que un corredor aparece aquí y desaparece allá, y ya no me iban a cazar en el coche. Pero seguí flotando por el puro placer de volar en huaraches.

Llegué a la costa exhausto. Solté la mochila y me metí en el mar, eufórico, empapado en sudor y gozo. Luego seguí hasta un pueblo cercano, compré agua y me alejé un par de kms. Rehidraté, comí algo y quité la sal de la ropa (ya aprendí en otra aventura que cuando el agua de mar se evapora, la sal convierte los tejidos en una lija). Todavía me quedaban unos 8 kms de vuelta. Seguí ya relajado, cansado, en las subidas caminando más que corriendo. Pero llegué entero. Al final salieron más de 52 kms de ruta... la aventura no sé en que unidad se mide. Por la tarde mi mente aun recreaba la huida, las aristas durante el vuelo del hombre pájaro. Sé que esa carrera con los forestales fue una flipada, que posiblemente se dieron la vuelta y pasaron de mi, y el resto fue película mia... Pero en esa carrera emergió algo atávico, algo que impregna nuestro ser en lo más hondo, que habla de presas y predadores. Una vivencia remota tatuada en nuestra especie a lo largo de millones de años de evolución, algo que nos pone en contacto con nuestros antepasados y que está ahí, a flor de piel, a punto de despertar y hacer brotar ese torrente de sensaciones...

Al día siguiente me levanté dolorido por todos lados, roto, y pensé que sería un día merecido de descanso. Después los músculos se desperezaron, se calentaron un poco y los nudos fueron cediendo. Y finalmente acabé saliendo a rodar un poco, solo 5 ó 6 kms por el paseo marítimo para desentumecer. No es verdad. Creo que salí a ver si de verdad todavía podía desplegar las alas y avanzar sin tocar el suelo... y seguía siendo un hombre pájaro. Quizá salí a correr para descubrir por qué lo hago, por qué lo hacemos...
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Por matterhorn
#35269
:shock: woooooh pedazo relato.
Si fuera ficticio sería un relato buenísimo, encima siendo real ya es un relato de obra maestra. Vaya manera de plasmar la historia y lo que iba aconteciendo. No sé si darte la enhorabuena por la experiencia o por el escrito.
Mi más sincera enhorabuena por ambas cosas.

Si le metes un final alternativo en el que los guardias estaban esperando en la puerta del hotel me matas :lol:

Y vaya tirada, esos son km y lo demás cuento.

Saludos
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Por bipedo
#35320
Muchas gracias, me alegra que os haya gustado.

Matter, tú si que me matas. Si después de la odisea me hubiesen cazado, me habría sentado en el suelo al estilo Gandhi: "haced lo que queráis conmigo, no pienso dar un paso más". Por pura convcición fisiológica, nada de filosofías... seguramente Gandhi ideó esa forma de protesta después de una tirada de este estilo :-)
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Por Manu lanzarote
#36296
Espectacular relato. Me ha encantado!!! Qué buena experiencia!!! Lo has relatado con tanto detalle que me volví hombre pájaro por un rato.
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Por KamiSalva
#36626
Muy chulo el relato, ¡me encantó!
Salvando las distancias tu relato me recuerda las sensaciones que tenía de niño cuando jugábamos (en mi caso vivía muy cerca de El Retiro y pasaba allí más tiempo que en mi casa). Nos imaginábamos ser fugitivos, policías, soldados, indios, hombres de los bosques perseguidos por una pantera, cualquier cosa que saliera de nuestra imaginación. Aún recuerdo perfectamente esa sensación que supongo es ancestral y muy humana de ser perseguido, la adrenalina recorría nuestros cuerpos y los sentidos se agudizaban para correr de un lado a otro, con velocidad, saltando, reptando, trepando, escondiéndonos en cualquier sitio acechando o esperando el acecho. Lo hacíamos con una agilidad ahora ya perdida, con una concentración absoluta en lo que hacíamos y una velocidad mental extraordinaria.
Creo que conseguiste acercarte a la esencia natural del ser humano, a los instintos primarios de supervivencia que nos hacen recordar que somos parte de la naturaleza y no seres que estén diseñados para permanecer sentados durante horas sin hacer otra cosa que mirar una pantalla o recorrer largas distancias sin esfuerzo alguno.
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Por bipedo
#36671
Creo que sí, que desde el punto de vista evolutivo, correr ha tenido una influencia decisiva en la especie que somos y poco a poco se va acrecentando la evidencia. Muchos cachorros de felinos y otras especies juegan mordiéndose, inmovilizando al otro, etc, desarrollando destrezas que después les permitirán sobrevivir. No creo que sea casual que muchos de nuestros juegos infantiles tengan de modo natural la carrera como denominador común... sí, tenemos ese instinto. Y creo que algunos otros.

Hace poco participé en una carrera con unos amigos (no suelo ir a ninguna :-) Fuimos casi todo el rato juntos, pero al final el grupo se disgregó. Cuando quedaban unos 2 kms me dio la impresión de estar haciendo algo absurdo y me paré... no me apetecía nada cruzar la meta en solitario, así q y me di la vuelta para reagrupar a la manada y entrar juntos. Esto sí tenía sentido. Me acordé de algo que había leído:

http://chirunning.es/los-4-secretos-de- ... l-running/

saludos
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Por KamiSalva
#36748
Muy bueno el artículo, ahonda en lo que a través de correr en la naturaleza (o lo que más se le pueda parecer donde vivo: Casa de Campo) y ahora con lo mínimo posible (cero drop, huaraches y a veces algún tramo descalzo) descubres y es que correr es un acto bello en sí mismo.
Me dejaron de preocupar en demasía los tiempos, solo en alguna ocasión por orgullo personal pero sin ser el objetivo a toda costa. Ahora el objetivo es sentir, notar la tierra, el cuerpo funcionando con una agilidad y equilibrio inusitado, notar que eres parte minúscula de la naturaleza y el entorno. Esto se lo explico a amigos que corren con sus drops y sus suelas espesas y piensan que me he vuelto loco, que me he convertido en un místico o iluminado. Sé que en cuanto lo prueben les encantará porque yo soy un tipo bastante escéptico aunque abierto, nada obsesivo pero en cambio correr así me ha enganchado de verdad. Ahora siento que hago lo correcto en relación a mi condición animal y humana, que me muevo de la manera natural, sin forzar.
Cada vez estoy más convencido que acercándonos más a nuestro esencia somos más felices, muchas veces las comodidades nos alejan de lo que nos hace animales humanos y de nuestra felicidad, que entre otras cosas, se encuentra en la relación que mantenemos con nuestro entorno.

Saludos.
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Por bipedo
#36802
Qué hay de malo en ser un místico o iluminado? :-)

Siento respeto por todos los corredores y a menudo admiración, aunque casi siempre voy solo. Cuando corro acompañado percibo que el camino del otro y el mio son diferentes, y también nuestras metas... pero todo está bien, todo en su sitio.
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